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Después de la pandemia

Celebróse misterioso cónclave en remoto lugar del Polo Norte, al cual asistieron los líderes de las más importantes potencias mundiales. El primero en tomar la palabra, el presidente de Estados Unidos, sin preámbulo planteó ominoso escenario:

–Caros amigos, somos más de siete mil millones de almas. No alcanza la comida. Cada día tenemos más ancianos y algo debemos hacer o colapsaremos.

Al intervenir la canciller de Alemania, soltó crudos y gélidos comentarios:

–Si la medicina continúa avanzando, pronto habremos vencido muchas enfermedades más, y la esperanza de vida de cada persona rebasará los 100 años. El número de ancianos superará al de jóvenes. Reduzcamos las tasas de natalidad, o atestiguaremos el final de la humanidad.

Al unísono reaccionaron los primeros ministros de Japón e Inglaterra:

–Ni pensar en una guerra nuclear para frenar la explosión demográfica.

El presidente francés opinó cauteloso:

–Una esterilización masiva controlada sería la solución. Pero la ética y los derechos humanos son impedimentos…

De manera inexpresiva el mandatario de China añadió:

–Sí, una esterilización en secreto para evitar protestas…  aunque sería a largo plazo.

La gobernante de India protestó indignada:

–Va contra las leyes naturales y divinas. Me opongo. Busquemos soluciones menos brutales.

Estalló un murmullo de desaprobación entre los mandatarios. Al fondo del inexpugnable salón permanecía callado, impertérrito, el octavo convidado. Parecían haberse olvidado de él.

Solemne y autoritario alzó el brazo izquierdo antes de lanzar contundente sugerencia:

–Señores, a grandes males, mayores remedios. Podemos crear un virus y su antídoto. Así exterminamos la mitad de la población y con la misma vacuna esterilizamos a los jóvenes.

Los siete líderes quedaron estupefactos ante las lapidarias palabras del presidente de Rusia, convocado de última hora a la trascendental reunión.

Una década después de haberse efectuado este aciago cónclave, la humanidad vivía inmersa en el caos. Desconocida pandemia había arrasado con tres cuartas partes de la población mundial.  No había alimentos suficientes, surgieron nuevas enfermedades, se desencadenó la violencia a escala global. Muchos gobiernos fueron derrocados, y en las calles luchaban a ultranza todos contra todos por comida.

En China había brotado el letal virus.

Gran Bretaña, Rusia y China descubrieron la vacuna al mismo tiempo y la compartieron con el resto del mundo. Murieron millones de personas antes de ser inmunizadas. Algo se les salió de control. El virus mutó y el antídoto se volvió inútil para contener la epidemia. Pero siguieron aplicándolo sin saberse bien a bien el porqué.

A los estallidos sociales se agregaron cruentas guerras. Corea del Norte lanzó misiles nucleares contra Corea del Sur. Estados Unidos se vio orillado a usar bombas atómicas contra los norcoreanos para evitar una conflagración mundial.

En las calles de populosas ciudades había miles de cadáveres amontonados. Nadie se preocupaba por enterrarlos o incinerarlos. La gente se ocupaba más por sobrevivir huyendo despavorida hacia ningún lugar.

Imperaba el desorden. Nadie obedecía a nadie. Policías y soldados habían desertado desde hacía tiempo. Los médicos también abandonaron los hospitales. Había vacío de autoridad en la mayor parte del orbe. El dinero no valía. El más fuerte imponía su ley.

El enrarecido aire hedía a muerte. Las aguas estaban contaminadas por la peste. En mares y ríos flotaban cuerpos sin vida de personas y animales.

Mujeres y hombres se asesinaban por migajas sin distingo de amigos o parientes.

Desesperados, algunos de los gobernantes corresponsables de este apocalipsis se comunicaban entre sí para buscar cómo paliar el caos reinante.

–Esto es el infierno –vociferaba un desquiciado presidente de Estados Unidos cuando al fin logró comunicarse vía telefónica con su homólogo de Rusia.

–Mi plan era perfecto –respondería a la defensiva el ruso–, ustedes no fueron capaces de hacer bien las cosas. No es mi culpa. Fallaron.

Medio siglo después del inicio de la pandemia, en una pequeña y paradisiaca isla se reúnen varias personas a la luz de la luna. El jefe político de la comunidad comenta:

–Hace años no llegan noticias de tierras continentales. No tenemos ni radio ni televisión. Tampoco internet ni teléfono. Es tiempo de investigar cómo van las cosas.

Responde sereno el profesor del pueblo:

–Esperemos. La sabia naturaleza hará su tarea.

Imperativo replica el pastor religioso:

–Es Dios, hijo. No lo olvides. Dios nos ha protegido en esta isla.

Irrumpen dos jóvenes enamorados y con la mirada interrogan al médico.

–Estás embarazada, hija. Serán padres de gemelos. La vida continúa en este maravilloso planeta –confirma satisfecho el doctor.

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