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Sucesión del presidente-rey

En un legendario país, Mek-Landia, gobernaba un presidente, quien con el transcurrir del tiempo se autoproclamaría rey hasta no aburrirse de hacer cuanta ocurrencia invadía su perturbado cerebro. Desde su asunción al poder se le botó la cuiria y dedicóse a inventar enemigos por doquier. A diario peleaba rabioso contra todos acusándolos de pretender destronarlo.

Cierto día convocó a los miembros de su gabinete para informarles que había llegado el momento de designar sucesor. Se sentía fuerte, pero estaba viejo y deseaba abdicar.

–Soy demócrata y someteré a votación de ustedes y del pueblo la gran decisión –expuso Andy Mitón Lovy, que así se llamaba el soberano de Mek-Landia.

–¿Cómo ven a mi canciller Marcel Pitol? Con mi representación ha viajado por el mundo para promoverme como candidato al Premio Nobel de la Paz y a la secretaría general de la ONU. Nunca me ha fallado. Seguramente pronto seré reconocido obteniendo el honroso galardón. ¿Existe alguien más leal?

Los presentes aplaudieron emocionados y levantaron la mano en señal de aprobación. Apenas iban a corear el nombre del escogido, cuando el monarca los conminó a callar con severo gesto:

–Esperen. Tengo un mejor candidato que Marcel Pitol –reveló y haciendo una ensayada pausa agregó:

–Es mi amigo y tesorero, Gastón Zote. Hace rendir y casi fabrica dinero como el mítico rey Midas. Jamás falta oro para regalar a los pobres, para medicamentos y todo lo necesario. Nos damos el lujo de prestar a naciones débiles y quedan muy agradecidas conmigo.

–Sí –gritaron excitados los integrantes de la corte real y miles de súbditos que para entonces ya estaban reunidos en la plaza de la capital–, Gastón Zote será un digno sucesor.

Numerosos contingentes venidos ex profeso de pueblos circunvecinos seguían llegando y habían abarrotado la plaza, donde esa tarde no cabía ni medio alfiler.

La fiesta estaba en su apogeo. Bailaban rítmicamente, cantaban desaforadamente y libaban de manera desenfrenada.

–¡Alto, alto! –ordenó el presidente-rey. Aquí no acaba el tema. Escuchen con atención:

–¿Saben quién me ha ayudado a mantener la paz pública, quién ha combatido y controlado a la mafia de la delincuencia organizada, quién coordina la producción de petróleo y energía eléctrica; la ejecución de obras de infraestructura, carreteras, puentes, aeropuertos, escuelas de educación básica, universidades, hospitales; la construcción de drenaje, puertos marítimos, ferrocarriles, etcétera y etcétera? Pues a este hombre he pensado heredarle el poder. Es el general Otón Armas, comandante en jefe del ejército real –exclamó con ronca voz para hacerse oír por la delirante multitud, que para entonces aullaba de alegría por la música y el licor ingerido.

–¡Viva el General Otóoonnn! –retumbó el grito unánime de la turbamulta que hizo estremecer de nuevo la gigantesca plaza.

Los críticos del soberano, que nunca faltan, deambulaban inquietos abriéndose paso en la aglomeración. Apenas podían darse a entender elevando el volumen de sus voces:

–Pinche rey de pacotilla, no se ha dado cuenta que desde hace años no tiene poder. Mandan los militares. Él mismo les entregó voluntariamente el mando con tal de que lo sostuvieran en el trono con la fuerza de las armas. El ejército pactó con los grupos criminales. Se dividieron el territorio. Al vejestorio decrépito le ocultan información y desde hace tiempo es un simple monigote. Es presidente-rey solo en su imaginación –reían los rebeldes a carcajadas, furiosos e indignados.

–Ha repartido migajas al pueblo. Antes de él la mitad del país vivía en la miseria. Hoy todos somos pobres por culpa de este monarca espurio –reviró el jefe rebelde mientras lo arrastraba la gente que una vez más se arremolinó en torno al balcón del palacio, pues Andy Mitón Lovy había asomado de nuevo su chato rostro burlón para lanzar un último e importante anuncio:

–Les informo que, por decisión de ustedes, amado y sabio pueblo, ninguno de los tres anteriores candidatos será mi sucesor en el trono. El pueblo manda y no se equivoca. Hay una persona superior a ellos, una que hace honor a su nombre, porque no tiene mancha alguna. También hace honor a su apellido, porque es brillante como el sol. Esta persona que mencionaré reinará en este país de infinitos recursos naturales. Estará junto a mí para aprender de mí todo lo bueno que soy, he sido y seguiré siendo per saecula saeculorum –dijo con mirada vidriosa el presidente-rey–, les presento a mi queridísima esposa, Inmaculada Estrella, la futura reina de Mek-Landia… Amén.

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