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El gobernador que no supo que lo fue

Nepomuceno Ku Garza-García nunca imaginó tal experiencia. Vivía feliz en parrandas con amigos, música, vino y bailes. Cierto día recibió una llamada. El mismísimo presidente-rey de Mek-Landia, Andy Mitón Lovy, antiguo camarada de su padre, su padrino y amigo, quien lo cargó en brazos cuando nació, le habló para designarlo gobernador de la rica provincia de Veralinda.

Rindió protesta y, manos a la obra, invitó a sus amigos para nombrarlos secretarios. La vida le sonreía antes de cumplir 50 años. Soltero, vivía en casa de sus padres en popular barriada.

No sabía nada de política. Jamás había desempeñado cargo público alguno. No conocía a los personajes influyentes de la provincia ni ellos a él. Había surgido de la nada directo a la cúspide del poder. Listo como era, no se amedrentó. Conocía bien a su padrino. Lo emularía.

Como muñeco de ventrílocuo repetiría lo que el presidente-rey dijera e hiciera.

Desde el primer día pintó su raya rechazando a vecinos, parientes y conocidos que se acercaban a felicitarlo por su relevante cargo.

De entrada, les advertía:

–¡Alto! Esto ha cambiado. Si vienen a pedirme algo, no pierdan su tiempo. Ya no es como antes. Soy honesto. No corrupto como mis antecesores que por cada peso que regalaban, se robaban mil.  Yo ahorraré para el tesoro real.

Cuando desayunaba, comía o cenaba en restaurantes evitaba saludar a la gente a fin de disuadir a quienes pretendieran solicitarle favores. A veces lo acompañaban amigos y colaboradores. En contadas ocasiones, porque para ser distinto a gobernantes anteriores decidió andar solo.

Llegó la apocalíptica pandemia. A diferencia de otras provincias, decretó semáforo verde en Veralinda, aunque aumentaba exponencialmente el número de víctimas por Covid. Nepomuceno Ku presumiría a nivel nacional que en su provincia había pocos contagiados.

Una de sus primeras promesas fue la de construir “un tren aéreo” para volar de Veralinda a la capital de Mek-Landia. ¡Órale!

Al crecer el número de asesinatos por la mafia, Nepomuceno Ku celebraría muy orondo:

 –“En número de muertos, nosotros, o sea, yo, les ganamos a otros gobernadores. Sí, como lo oyen”. ¡Pácatelas!

Otra genial declaración a la prensa fue la de que “la economía en Veralinda va bien. Prueba de que circula dinero suficiente entre la gente es que por utilizar los baños de gasolineras no se les cobra a los clientes”.

En gira por marginada región, Nepomuceno Ku sería secuestrado y encerrado en una casa por enardecidos lugareños. Le exigían ejecutar obras prometidas y no cumplidas. Aprovechó un descuido de sus captores para huir disfrazado de mujer.

Una noche lo entrevistaron reporteros en la capital de Mek-Landia. Le cuestionaron por qué Veralinda ocupaba primer lugar en muertes por ejecuciones. Respondió con desparpajo:

–“Los muertos tienen la culpa por andar en malos pasos. Si se portaran bien, nada les pasaría”.

–También ocupa su provincia primer lugar en feminicidios…

Reaccionó a bote pronto:

–Por usar minifalda las mujeres son culpables de que las violen y maten. Provocan a los criminales.

Insisten los periodistas:

–En robo de vehículos Veralinda es primer lugar…

–¿No saben ustedes que nosotros recuperamos más automóviles de los que son robados? ¿Quién puede lograr eso? –concluyó tartamudeando el gobernador.

En uno de sus informes anuales anunciaría sonriente su más trascendental obra:

–Soy ingeniero con posgrado en Alemania, por ello construiré un río en la capital de Veralinda y un puente para unir de nuevo la ciudad. ¡A ver quién se echa este trompo a la uña!

Años después, Nepomuceno Ku Garza-García despertaría crudo en su casa. Se sorprendió al asomarse por la ventana y no ver las flamantes camionetas blindadas que siempre estaban estacionadas enfrente, repletas de policías y auxiliares listos para lo que ordenara.

Tampoco estaba su desayuno servido ni el chef personal que a diario lo atendía en su recámara. No escuchó su celular ni el teléfono fijo; todas las mañanas le hablaban sus empleados desde distintas oficinas para recibir instrucciones. Esta vez nadie parecía acordarse de su existencia. ¿Qué rayos ocurría?

Salió de su alcoba y descubrió a sus padres en el comedor almorzando en silencio. Caminó hacia el parque donde años atrás solía   realizar ejercicios. Intentó saludar, aunque sea de lejitos a personas encontradas a su paso. Lo ignoraron.

Regresó intrigado, cabizbajo, a casa. No se atrevió a preguntar nada a sus progenitores

¿Fui gobernador alguna vez? ¿Lo soñé? –se preguntó aterrado.

¡No manches, güey, qué efímero es un sexenio! –reflexionó suspirando profundo.

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