Córdoba, Ver. – Con una mirada llena de ilusión y una enorme sonrisa, Ángela Hernández Galán vivió un momento que esperó durante toda una vida: el encuentro con Melchor, Gaspar y Baltazar. A sus 100 años de edad, la emoción fue la de una niña que descubre por primera vez la magia que nunca conoció en su infancia.
Ángela nació en la comunidad de Cervantes y Lozada, y creció entre responsabilidades tempranas y carencias propias de su tiempo. Desde muy joven se hizo cargo de sus hermanos, en una época en la que no había espacio para juegos, muñecas ni celebraciones.
Los Reyes Magos no formaron parte de su niñez, pero la Ruta Mágica del Sistema Municipal DIF y la presidenta Carolina Mendívil de Alonso permitieron que esa ilusión floreciera de manera inesperada y conmovedora al encontrarla en su comunidad regalarle una linda muñeca y tomar la fotografía del recuerdo a su lado.
Actualmente vive acompañada de su hija Socorro Hernández Hernández, de 75 años, y de su hermana Heriberta Hernández Galán, de 85 años, ambas nacidas también en la misma comunidad. Ángela es madre de dos hijas, Socorro y Eugenia Hernández Hernández; abuela de cinco nietos Ricardo, Dulce María, Susana, Salvador y Raúl, además es bisabuela, quienes han sido testigos del cariño y la ternura que hoy definen su forma de ser.
Con el paso del tiempo, Ángela ha ido recuperando gestos y comportamientos de la infancia. Juega con muñecas, duerme con peluches, les platica y los cuida como sus compañeros inseparables. Mantiene un excelente estado de salud y solo en ocasiones repite algunas ideas, especialmente cuando los recuerdos se mezclan con las emociones.
La vida también le ha dejado ausencias profundas. De seis hermanos, lamentablemente cinco han fallecido. Las pérdidas han marcado su corazón, y recientemente la partida de su cuñada la hizo despertar confundida, vulnerable, necesitada de palabras suaves y abrazos sinceros. En esos momentos, hablarle con cariño es la mejor forma de acompañarla.
Por eso, conocer a los Reyes Magos se convirtió en algo más que una visita simbólica: fue permitirle vivir, al final de su camino, aquello que nunca pudo disfrutar. Como ocurrió en su cumpleaños número 100, cuando recibió una muñeca, bailó su vals y la abrazó con orgullo, hoy Ángela volvió a sonreír con la misma ilusión, recordando que nunca es tarde para cumplir un sueño y que la ternura no tiene edad.




