Ixhuatlancillo, Ver. — Aquí, entre las laderas serranas y el eco de la lengua náhuatl que aún resuena en los hogares, la realidad se escribe con hambre, olvido y desamparo. Ixhuatlancillo, tierra de raíces antiguas y gente trabajadora, es hoy uno de esos rincones donde la pobreza no es pasajera, sino una condición heredada, mantenida por décadas de indiferencia oficial y promesas que nunca se cumplen.

Basta mirar a su alrededor: calles sin pavimentar que se convierten en lodo cuando llueve y en polvo que ciega en la temporada seca; agua potable que llega solo dos o tres veces por semana, o a veces nunca; basura acumulada por semanas y escasas luces que apenas iluminan la noche. Es la infraestructura del abandono, la que le dice al pueblo que no es prioridad para nadie.

Pero la miseria más honda se ve en los momentos más íntimos y dolorosos. Aquí hay familias que cosechan la milpa con sus propias manos, que tejen, que curan con hierbas y que venden sus productos sin permiso ni apoyo, porque no hay otras fuentes de ingreso. Y cuando llega la muerte, la desprotección se hace visible de formas que parten el alma.

Es el caso de don Luis Ixmatlahua: tras el fallecimiento de su esposa, no cuenta ni con lo más mínimo para comprar una caja fúnebre y darle sepultura digna en el panteón del pueblo. Por ahora, el cuerpo descansa en el suelo de su humilde vivienda, cubierto únicamente con una sábana sencilla, adornada con flores silvestres recogidas en el campo y alumbrada solo por la luz de una veladora. Esa es la única despedida que pueden ofrecerle por el momento, porque la pobreza les niega incluso el derecho a un entierro decente.

Surge entonces la pregunta que duele en el alma: ¿qué pasa con la humanidad cuando una persona trabaja toda su vida, paga sus contribuciones, cría a su familia en esta tierra y al final no tiene con qué sepultar a quien más amó? ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, en un país que presume de avances, existan seres humanos que deben esperar ayuda de otros para poder darle descanso eterno a su ser querido?

Esta es la verdad de Ixhuatlancillo: la marginación que no solo quita el pan de cada día, sino que también arrebata la dignidad hasta en el último momento. Es un pueblo náhuatl que ha resistido siglos de historia, pero que hoy se ahoga en el olvido. Las escuelas rurales carecen de materiales, los caminos impiden sacar sus cosechas al mercado, la salud pública llega tarde o no llega, y las autoridades pasan de campaña en campaña prometiendo obras que nunca se terminan. Mientras tanto, su riqueza cultural y sus saberes ancestrales son tratados como algo exótico, no como un patrimonio que merece verdadero respaldo y desarrollo.

El alcalde, los funcionarios, los programas federales: todos saben que este municipio existe, pero actúan como si estuviera lejos, como si fuera invisible. La deuda histórica con Ixhuatlancillo no se mide solo en pesos, sino en años de oportunidades negadas, en vidas truncadas por la falta de servicios y en el dolor de ver que, después de todo lo que dan al suelo y a la nación, reciben solo indiferencia.

Sin embargo, a pesar de todo, algo sigue en pie: la solidaridad. Hoy es la comunidad quien levanta la mano para ayudar a don Luis, como ha hecho siempre ante la ausencia del gobierno. Es el pueblo bueno y sabio quien se sostiene a sí mismo, porque quienes deberían servirle han preferido mirar hacia otro lado.

Ixhuatlancillo no es un “tesoro escondido” por su belleza, sino porque sus problemas permanecen ocultos entre las cifras de pobreza y los discursos vacíos. Su historia es la de cientos de comunidades indígenas en Veracruz: resistencia frente al abandono, dignidad frente a la miseria y la esperanza de que algún día, por fin, se haga justicia.

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