Ciudad Mendoza, Ver.-La caravana avanzó lentamente por las calles de la colonia El Águila. La patrulla que trasladaba a Jesús Alberto Caballero iba al frente, y al llegar frente a su casa, la espera se convirtió en júbilo. Apenas puso un pie en el suelo, estallaron fuertes aplausos y vivas que se escucharon por toda la calle: “¡Viva Jesús! ¡Bienvenido a casa!”, gritaban los vecinos que se habían congregado para recibirlo.
En ese preciso instante comenzó a caer una lluvia suave pero persistente, que para todos fue interpretada como una bendición del cielo. Nadie se movió para resguardarse; al contrario, se quedaron ahí, bajo el agua, sintiendo que la naturaleza también celebraba su regreso.
Jesús caminó unos pasos y de inmediato encontró el abrazo más esperado: el de su madre, doña Margarita Viveros Caballero. La mujer de Ciudad Mendoza que durante tanto tiempo luchó sin descanso, recorriendo oficinas, presentando pruebas y alzando la voz por la inocencia de su hijo, se fundió con él en un abrazo largo y silencioso, mientras ambos lloraban de felicidad.
Las lágrimas corrían mezcladas con las gotas de lluvia por las mejillas de toda la familia. Hermanos, parientes y amigos se acercaban uno a uno para estrecharle la mano y abrazarlo, agradeciendo a Dios y a la justicia por haber hecho posible este momento.
“Sabíamos que la verdad saldría a la luz, nunca perdimos la fe”, decía la señora Margarita entre sollozos, mientras el pueblo seguía aplaudiendo y compartiendo su alegría. La lluvia no cesaba, pero nadie le dio importancia: ese aguacero era el mejor recibimiento que podían imaginar, como si la tierra misma quisiera limpiar cualquier rastro de lo vivido y dar la bienvenida a una nueva etapa de paz.
Ya dentro de su casa, con el sonido de la lluvia en el techo, por fin se cumplió lo que tanto habían anhelado: Jesús estaba de vuelta, libre y junto a los suyos, en el hogar que nunca debió abandonar.




